Me gusta y mucho

Contar parte de mi historia es un modo de exorcizarme. Quizá sienta que estoy en falta y ello, de algún modo, me obliga a hacerlo. Soy Javier, así he decidido llamarme para quienes no quiero que sepan mi identidad, o intenten buscarme en redes. Me persiguen esos temores, y me persigue mi amante, con la presión de que de una buena vez, lo contemos todos para ser, por fin, libres de hacer lo que queramos.

Soy empresario, tengo 42 años y tengo dos hijos que pronto pasarán la pubertad. Mi mujer… bueno ella, me da la sensación de que sospecha que existe en mí este Javier, un Javier mujeriego en su mente, aunque siquiera me cela. Supongo que tiene tanto o más miedo que yo de caer en la realidad. Claro que no es su culpa, aunque se que la aterra echar todo por la borda, o peor aún, si sus sospechas son más concretas, sentirse responsable de sus malas elecciones, porque lo que les contaré tiene que ver, también, con su ex marido y padre del mayor de nuestros hijos.

Nos conocimos hace un tiempo ya, en redes sociales. Yo venía de una relación de más de 17 años con mi única novia y compañera de la facultad. Con ella aprendía a besar, a tocar, a experimentar y, finalmente, el tiempo hizo lo suyo. Los dos queríamos experimentar y las mentiras destruyeron primero nuestra confianza, y más tarde, ella destruyo el parabrisas de mi Mercedes, también. No la culpo, lloramos ese día y nos abrazamos en una despedida en la que no hizo falta un adiós. Los dos lo necesitábamos.

Había sucedido esa noche que me quede más tiempo en la oficina. Mi abogado precisaba poner a punto unos contratos y yo interiorizarme sobre lo que firmaría. Sólo nosotros dos en la oficina, luego de una jornada laboral extenuarte. Nos sacamos los zapatos, las camisas a medio desabrochar y el constante ir y venir de chistes machistas. Todo derivo en una conversación de penes y la apuesta se abrió cuando comenzamos a hablar de medidas.

-La mía es más grande. – Le dije confiado.

-No creo que más que la mía -se río desafiante.

Y todo derivo en una apuesta de USD 500. Sí, porque estaba tan confiado con lo único que me había molestado toda mi vida, pero ahora me servía para ganar unos mangos. Digo que me había molestado porque a las mujeres siempre les pareció un tanto grande y gruesa, y a pesar de que muchos podrían lamentarse con su tamaño, de hecho les diría que era, y hasta hoy podría llegar a ser, un problema para la actividad sexual con un pene grande.

La apuesta estaba hecha, como si fuera un juego sin salida, porque ninguno parecía estar dispuesto a dar el primer paso para desvestirse. Era incómodo y, de igual modo, comencé a intuir por donde venía la mano cuando me comentó sobre su experiencia con un hombre.

-Es cierto eso, de que los hombres la chupan mejor que las mujeres.

-¿Cómo? – Me inquieté un poco.

-¿Qué me vas a decir que nunca… nunca?

-¿Nunca qué? -Estaba desconcertado sobre que responder, lo mejor era otra pregunta.

Lo cierto es que todo derivo en una charla en la que le conté mi poca experiencia con mujeres y, la charla personal terminó con alcohol de por medio, yo que, no solía tomar alcohol tampoco. Lo personal de la vida de cada uno se volvió interesante y le conté que había sido infiel en tres oportunidades. Mal que me pese ya me iba soltando y le comenté que en uno de los episodios logré relajarme frente a los pedidos de una de ellas. Me había atado, dado algunos chirlos y metido el dedo en el culo. Me incomodé pero el rápidamente coincidió, confidente, que era algo espectacular. E insistió, y que te chupe la pija un hombre, también.

Supe, ahora, que no venía tan de chiste y le dije que cómo era eso. Qué cómo había vivido esa experiencia, siendo el tan ¨macho¨. Y ahí fue que me comentó sobre su viaje a Marruecos, y un hombre que conoció en un sauna de hombres. Un sauna supuestamente para relajar. El tipo era algo importante, o eso entiendo. Fueron a la casa y se quedó como invitado. Las mujeres lo atendieron y luego, cuando se fueron a dormir, el hombre comenzó a tocarlo y sucedió ese inexplicable episodio.

-No te creo, le dije.

Y se río conmigo, pero convencido de que era verdad. Entonces me cambió la apuesta y dijo que si estaba tan convencido de que la tenía tan grande, que me apostaba que de ser así me la chupaba y en caso contrarío, yo a él. Claro que estaba convencido que yo iba a ganar, pero no estaba convencido que fuera cierto que nos desnudaríamos y llevaríamos a cabo ese episodio adolescente. El no dudo, se quitó la camisa, y se bajo el pantalón. Quedó ahí, y el bulto del slip me daba la pauta de que no mentía, pero yo estaba muy seguro de mí tamaño. Hice lo mismo que él y quedé de frente. Yo tenía un bóxer de tela, por lo cual no se me notaba tanto como a él.

Finalmente, el se acerco y en lugar de bajarse sus slips me puso la mano en el elástico de los míos y comenzó a contar hasta tres de atrás para adelante.

-Tres.

Yo lo miré nervioso.

-Dos.

En ese momento enganche mi mano en el elástico de su slip y… ese fue el momento del problema, porque su mano se movió levemente entre mi pelvis y calzoncillo y me calenté un poco.

-Uno.

No sabía que hacía, pero simplemente ahí estábamos en una escena torpe de quien de jovén le sacará el corpiño por primera vez a una chica, pero bajándonos el uno al otro los calzoncillos, entre torpe y delicadamente. Y entre el rocé de los dedos, en la pelvis y la pierna. Quedamos de frente, desnudos y mirándonos a los penes y a los ojos… a los penes y a los ojos.

-Me ganaste, dijo.

Y como mi pene delató con un leve movimiento mi calentura, no hizo falta que el disimulara más, y se agacho y comenzó a pasar su lengua por mi pene mientras me lamía las bolas. Lo mire y mi pija se comenzó a parar hasta quedar gruesa, primero, bien erecta y dura en cuestión de segundos. Me relajé y dejé que sucediera. Me la chupó un buen rato, y luego me recorrió la pelvis con la lengua, pasando por mis abdominales y llegando a mi cuello. Creo que me entregué y ya de pronto nos estábamos besando. Bien agarrados, los dos, caminamos unos pasos y caímos al sillón.

De pronto, había algo que no podía controlar, y no era la situación, sino que no podía evitar que me gustara mucho. Comenzó a tantear mi ano, me estimuló con los dedos, hasta penetrarme con uno y luego con dos dedos, hasta que con fuerza de macho me dió vuelta, me dejó inmóvil, y ésta vez su lengua me recorrió la espalda, hasta llegar a mi culo. Nunca me habían dado un beso negro, y lo disfrute, y me pregunté, en un segundo, tan sólo un instante, si habría vuelta atrás. Pero no pude frenar, y claramente, la respuesta era que no.

Los días pasaron y me aferré a mi novia más que nunca, como queriendo convencerme de que no era gay, de que sólo había sido una aventura. Pero la pulsión fue más fuerte. En mi curiosidad descubrí páginas de scorts y de pronto, mi vida se convirtió en una vida de viajes empresariales y, aunque yo lo suponía y, tal vez no me importó o no pude manejar porque las ganas siempre me ganaron, los rumores no se hicieron esperar y llegaron a oídos de mi mujer. Finalmente, a la vuelta de Londres, ella me confesó de sus historias con otros, de mis ausencias, hablaban, y le pedí que no se justifique, que estaba bien, y lo entendía.

Ella pasó de victimizarse a asombrase el modo en que me tomaba las cosas y me preguntó por ¨la otra¨ y le dije que con ¨o¨… Primero no lo entendió o no quiso hacerlo. Pero se lo confirme… ¨otro¨. Ese fue el momento en que me rompió el parabrisas, pero no había más que hacer, no había más espacio para ella en la competencia, y lo supo y supimos encaminar nuestra relación hacia una amistad, ser muy confidentes. Poco tiempo después, la despidieron y comenzó a trabajar en mi empresa, pero al juntarme con mi nueva mujer, debí dejarla, porque así me lo exigía mi nueva pareja.

El lugar que ocupo, es un lugar que podría decirse, es para hombres, o esa idea construí siempre en mi cabeza. El tiempo que había estado separado, no obstante me cansé de estar con hombres y descubrí en ésta nueva relación algo especial. Me atrajo su inteligencia, y por eso el chiste más frecuente de mi ex era… ¨por esto me cambiaste¨. Lo cierto es que si bien soy un hombre que hace gimnasia, he sido beneficiado por la genética y, se podría decir que doy con cierto estándar de belleza. Aunque mis gustos son contrarios a lo que yo soy, o será que no reparo en lo físico… una buena cabeza siempre me sedujo, aunque ahora debiera cambiarlo por ¨un buen trozo de carne¨.

El embarazo llegó rápido y de sorpresa. Así, fue dejando de lado las andanzas, o más bien, el ser padre no me permitía viajar tanto y me enternecí con la idea de una familia, y al llegar mi primer hijo, mi libido quedo exclusivamente puesta en mi familia. De vez en cuando se me estaba algún impulso con algún ex amigo, porque ellos siempre estaban dando vuelta. Con el pasar de los años me aplaqué y volví a la vida de hombre con su mujer, pero al crecer los chicos, nuevamente se despertaron en mí unas ganas insaciables de volver a aquel mundo.

Lo relaciono con que los chicos son grandes y la idea de romántica de familia ya no le gana a la calentura de volver al mundo, del cual no me arrepiento de haber suspendido, pero que deseo tanto, que sólo el amor por mis hijos y la imagen y ejemplo que represento para ellos, o tan sólo el dolor que pudiera causarles. Y aunque los tiempos son otros, y no logró resolverlo en mi cabeza, sucedió ésta semana de cuarentena, que uno de mis hijos simplemente nos dijo que tenía novio. Y, entonces, simplemente le sonreí… y de manera natural le pregunte: ¿Cómo se llama?

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