Mi Aventura Gay en Buenos Aires

Hace ya bastante tiempo, una conocida revista orientada al publico gay había sacado en un apartado a un chico que promocionaba sus servicios, ¨muy lindo¨. La soledad, la calentura y el deseo de aventurarme me empujaron a llamar para averiguar la dirección. Pensé que sería una casa particular, pero era, en realidad un prostíbulo camuflado, digamos, cerca de Santa Fe y Callao. Al llegar toque el timbre y aguarde frente a una puerta de madera, común, como la de cualquier casa que da a la calle. Me habló una mujer por portero eléctrico, lo que me resultó extraño y, aunque dude, por algún motivo decidí mandarme. Le dije mi nombre y que venía a partir del aviso, que había llamado. La puerta se destrabo y la abrí yo mismo. Quedé frente a un pasillo largo que daba hacia quien sabe donde. Una vez más tenía la oportunidad de salir o de atreverme. Mi cabeza me decía que me vaya, mi pene que entre. Seguí, y camine hasta llegar a una puerta latera en cuyo living había un mostrador con una recepcionista morocha, de pelo lacio y vincha de tela.

Muy nervioso, e ingenuo, le comenté que iba por el chico de la foto. Ella rió y me dijo que no trabajaba más pero que tenían otros chicos para ofrecerme. Accedí y me mi hizo pasara una de las habitaciones contiguas. El lugar estaba en penumbras, con una cama en el centro y una ducha dentro de la habitación. Me pidió que aguardé a los chicos, que en un rato vendrían. Era la primera vez que hacía eso y no conocía el mecanismo, pero no más de diez minutos después, comenzó un desfile de hombres; algunos en slip y otros desnudos. Cual si fuese un catálogo viviente, pasaban frente a mí, uno a uno y se presentaban, con nombre antes de mencionar las cosas que podían hacerme o hacer con ellos. Algunos se acercaban para que pudiera tocar un poco sus bultos.

No se por qué, pero me invadió una sensación de pena… no sé, me resultó penoso, aunque… lo cierto es que estaba entre avergonzado e incrédulo de lo que me estaba sucediendo. Eso me generaba cierta incomodidad, pero no podía escapar del lugar, de la situación y simplemente sabía que cuando ese desfile finalizara debía elegir a uno de ellos. Así lo hice, era un moreno de ojos claros. Le dije a la chica el nombre de quien había elegido, pero le pregunté si era posible estar pero en otro lugar, llevarlo a un hotel. No me resultaba atractivo del todo cuando lo vi bajo la claridad de la iluminación de la calle, pero al tomar el taxi se dió una conversación amena y eso me relajó; todo comenzaba a fluir un poco más. Bajamos en un hotel alojamiento que el mismo sugirió, ya ni recuerdo cual, pero si recuerdo que fue una noche de sexo inolvidable.

Dejé que también eligiera la habitación y subimos, por unas escaleras… me acuerdo que eran alfombradas, porque se extendían hacia los pasillos y tenían unos diseños tipo persa. Entró el primero a la habitación, y al hacerlo cerré la puerta y el se vino sobre. Se quedó un momento intentando iniciar un juego en el cual me había dejado atrapado entre la puerta y su cuerpo, dejándome sentir su calor. Mientras me preguntaba si me gustaba, apoyaba su miembro sobre el mío a través del pantalón. ¨Te la vas a comer toda?¨. Intenté no mostrarme incomodo, pero no dije nada y como era obvio que algo debía hacer, comencé a acariciársela con la mano.

De pronto se apartó de mi, quedándoselas de espaldas y se saco la remera; un cuerpo tallado. Me fui hacia la cama y comencé a desvestirme. El nuevamente se acercó, me tomó la mano e hizo que le recorriera su pecho hasta nuevamente llegar a su cintura. Me tomo por la cabeza y me la llevo su miembro para que con mi boca lo sintiera a través del jean, y pronto ya estaba desabrochando su pantalón y bajandole el cierre. En ese momento, me chisto como diciendo ¨no¨, con un sonrisa y me estiró la remera, para sacarmela y la tiró por ahí. Me agarró de los brazos y de modo brusco pero cuidadoso me dió vuelta en la cama y comenzó a recorrer mi cuello y espalda con la lengua. Sentía su barba, bajando por mi columna vertebral y la sensación de aire frío que quedaba como rastro de su lengua deslizándose en mi columna vertebral.

Su lengua era una víbora que se arrastraba por todo mi cuerpo, me calentó tanto que no advertí el momento en que me saco los pantalones, pero supe que simplemente ya no los tenía porque con sus manos comenzó a masajearme los cachetes del culo, antes de estirar el slip hacia arriba para dejármelo como tanga, mientras me daba unos mordiscos suaves. Estaba decidido a disfrutar y me estaba dejando fluir; no importaba si sabía que hacer o no, simplemente me dejaba llevar por lo que sucedía. Entre tirón y tirón, la tela del slip crujió al descocerse un poco, entonces los deslizó sacarlos y me dejo desnudo. ¨Esto es algo que no hago con nadie, me dijo, ¨pero vos me inspiras confianza¨. Y zambulló su cara entre mis nalgas, con su lengua víbora. Estuvo allí un rato, antes de seguir el recorrido sobre mi espalda, enroscándome simultaneamente con sus brazos, como haciéndome entender que era de él, dominando la situación… Me tenía entregado, en los momentos que aflojaba sus brazos era para apretar mis tetillas.

Luego, me dió vuelta, quedando yo boca arriba sobre la cama y él parado frente a mí, haciendo un jugueteo entre que se bajaba y no los pantalones y calzoncillos, todo junto. Así lo hizo jugueteando con su miembro enorme, aún pendulante. Yo miraba mientras me tocaba y pronto me invito a mamarsela. Primero se vino arriba mío sobre mi pecho y sentí en mi boca como iba tomando forma su miembro. No tarde mucho en comenzar a ahogarme, pero eso era sólo el principio. Se volvió a para frente a mi, y me incorporé quedando en cuatro sobre la cama y frente a él… mi cara frente a su miembro ahora grande, enorme. Contorneé mi espalda, como gato que levanta la cola, y comencé a mamarla a mi ritmo, mirándolo, sumiso.

Noté que se le ponía más dura aún y, al rato me dió vuelta, dejándome boca arriba, con mi cuerpo sobre la cama y me cabeza colgando hacia abajo al borde de la cama. Se vino sobre mí, sujetándome los brazos, y cuando me tuvo inmóvil me la introduzco despacio directo a la garganta. Primero despacio y luego, cada vez más rápido, probaba mi resistencia; frenaba y arrancaba nuevamente… cada vez en intervalos más cortos entre arcada y arcada. La saliva abundaba y las lagrimas no paraban de brotar. Finalmente me dió un forro y se lo puse con la boca.

Al rFinalmente me incorporé, se subió a la cama conmigo; quedamos los dos arrodillados frente a frente… comenzamos a besarnos los pechos, las tetillas, axilas y gemir sin importar nada más. Pronto me dejó de espadas sobre la pared a la que daba el cabezal de la cama y me embadurno con gel a mí y se embadurno también su pene… Lentamente comenzó a estimularme para que esa ¨anaconda¨ entrara. Fue al principio la punta cabezona, un dolor que hizo que me comprimiera, la sacó y trate de aguantar. Luego la volvió a apoyar y simplemente dejo que yo me moviera y me tomara el tiempo de acomodarla. Dolió al principio y fue lentamente moviéndosé, suave. Al rato me cabalgaba salvajemente y yo sentía ese macho arriba mío… el dolor y el placer.

Cambiamos de posición unas cuantas veces. Me hizo sentir que era yo su puta y no él la mía. Cuando acabé, estábamos en posición de barquito, me aferré a él y quedando frente a frente, chocába el aire de la agitada respiración del uno contra el otro, casi rozando los labios, sin beso. Y, entonces, me vine, y me estremecí arriba de su cuerpo, el se puso como loco y me dió más fuerte. Tuve que aguantar el dolor los minutos que siguieron hasta que finalmente acabo y le pedí que sacara su gran trozo de dentro mío, muy lentamente.

Nunca más lo vi, y aunque intenté repetir la experiencia, nunca fue igual con otros. Quizá ya esté grande… pero ¿existe edad para eso? Sigo disfrutando del sexo, esperando que vuelva a cruzarse por mi vida alguien tan sexual como él, que quiera domarme de ese modo… o quizá, no sea nunca igual porque, de igual modo, los años han hecho que este jinete se haya vuelto aún más insaciable y exigente.

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Contar parte de mi historia es un modo de exorcizarme. Quizá sienta que estoy en falta y ello, de algún modo, me obliga a hacerlo. Soy Javier, así he decidido llamarme para quienes no quiero que sepan mi identidad, o intenten buscarme en redes. Me persiguen esos temores, y me persigue mi amante, con la presión de que de una buena vez, lo contemos todos para ser, por fin, libres de hacer lo que queramos.

Soy empresario, tengo 42 años y tengo dos hijos que pronto pasarán la pubertad. Mi mujer… bueno ella, me da la sensación de que sospecha que existe en mí este Javier, un Javier mujeriego en su mente, aunque siquiera me cela. Supongo que tiene tanto o más miedo que yo de caer en la realidad. Claro que no es su culpa, aunque se que la aterra echar todo por la borda, o peor aún, si sus sospechas son más concretas, sentirse responsable de sus malas elecciones, porque lo que les contaré tiene que ver, también, con su ex marido y padre del mayor de nuestros hijos.

Nos conocimos hace un tiempo ya, en redes sociales. Yo venía de una relación de más de 17 años con mi única novia y compañera de la facultad. Con ella aprendía a besar, a tocar, a experimentar y, finalmente, el tiempo hizo lo suyo. Los dos queríamos experimentar y las mentiras destruyeron primero nuestra confianza, y más tarde, ella destruyo el parabrisas de mi Mercedes, también. No la culpo, lloramos ese día y nos abrazamos en una despedida en la que no hizo falta un adiós. Los dos lo necesitábamos.

Había sucedido esa noche que me quede más tiempo en la oficina. Mi abogado precisaba poner a punto unos contratos y yo interiorizarme sobre lo que firmaría. Sólo nosotros dos en la oficina, luego de una jornada laboral extenuarte. Nos sacamos los zapatos, las camisas a medio desabrochar y el constante ir y venir de chistes machistas. Todo derivo en una conversación de penes y la apuesta se abrió cuando comenzamos a hablar de medidas.

-La mía es más grande. – Le dije confiado.

-No creo que más que la mía -se río desafiante.

Y todo derivo en una apuesta de USD 500. Sí, porque estaba tan confiado con lo único que me había molestado toda mi vida, pero ahora me servía para ganar unos mangos. Digo que me había molestado porque a las mujeres siempre les pareció un tanto grande y gruesa, y a pesar de que muchos podrían lamentarse con su tamaño, de hecho les diría que era, y hasta hoy podría llegar a ser, un problema para la actividad sexual con un pene grande.

La apuesta estaba hecha, como si fuera un juego sin salida, porque ninguno parecía estar dispuesto a dar el primer paso para desvestirse. Era incómodo y, de igual modo, comencé a intuir por donde venía la mano cuando me comentó sobre su experiencia con un hombre.

-Es cierto eso, de que los hombres la chupan mejor que las mujeres.

-¿Cómo? – Me inquieté un poco.

-¿Qué me vas a decir que nunca… nunca?

-¿Nunca qué? -Estaba desconcertado sobre que responder, lo mejor era otra pregunta.

Lo cierto es que todo derivo en una charla en la que le conté mi poca experiencia con mujeres y, la charla personal terminó con alcohol de por medio, yo que, no solía tomar alcohol tampoco. Lo personal de la vida de cada uno se volvió interesante y le conté que había sido infiel en tres oportunidades. Mal que me pese ya me iba soltando y le comenté que en uno de los episodios logré relajarme frente a los pedidos de una de ellas. Me había atado, dado algunos chirlos y metido el dedo en el culo. Me incomodé pero el rápidamente coincidió, confidente, que era algo espectacular. E insistió, y que te chupe la pija un hombre, también.

Supe, ahora, que no venía tan de chiste y le dije que cómo era eso. Qué cómo había vivido esa experiencia, siendo el tan ¨macho¨. Y ahí fue que me comentó sobre su viaje a Marruecos, y un hombre que conoció en un sauna de hombres. Un sauna supuestamente para relajar. El tipo era algo importante, o eso entiendo. Fueron a la casa y se quedó como invitado. Las mujeres lo atendieron y luego, cuando se fueron a dormir, el hombre comenzó a tocarlo y sucedió ese inexplicable episodio.

-No te creo, le dije.

Y se río conmigo, pero convencido de que era verdad. Entonces me cambió la apuesta y dijo que si estaba tan convencido de que la tenía tan grande, que me apostaba que de ser así me la chupaba y en caso contrarío, yo a él. Claro que estaba convencido que yo iba a ganar, pero no estaba convencido que fuera cierto que nos desnudaríamos y llevaríamos a cabo ese episodio adolescente. El no dudo, se quitó la camisa, y se bajo el pantalón. Quedó ahí, y el bulto del slip me daba la pauta de que no mentía, pero yo estaba muy seguro de mí tamaño. Hice lo mismo que él y quedé de frente. Yo tenía un bóxer de tela, por lo cual no se me notaba tanto como a él.

Finalmente, el se acerco y en lugar de bajarse sus slips me puso la mano en el elástico de los míos y comenzó a contar hasta tres de atrás para adelante.

-Tres.

Yo lo miré nervioso.

-Dos.

En ese momento enganche mi mano en el elástico de su slip y… ese fue el momento del problema, porque su mano se movió levemente entre mi pelvis y calzoncillo y me calenté un poco.

-Uno.

No sabía que hacía, pero simplemente ahí estábamos en una escena torpe de quien de jovén le sacará el corpiño por primera vez a una chica, pero bajándonos el uno al otro los calzoncillos, entre torpe y delicadamente. Y entre el rocé de los dedos, en la pelvis y la pierna. Quedamos de frente, desnudos y mirándonos a los penes y a los ojos… a los penes y a los ojos.

-Me ganaste, dijo.

Y como mi pene delató con un leve movimiento mi calentura, no hizo falta que el disimulara más, y se agacho y comenzó a pasar su lengua por mi pene mientras me lamía las bolas. Lo mire y mi pija se comenzó a parar hasta quedar gruesa, primero, bien erecta y dura en cuestión de segundos. Me relajé y dejé que sucediera. Me la chupó un buen rato, y luego me recorrió la pelvis con la lengua, pasando por mis abdominales y llegando a mi cuello. Creo que me entregué y ya de pronto nos estábamos besando. Bien agarrados, los dos, caminamos unos pasos y caímos al sillón.

De pronto, había algo que no podía controlar, y no era la situación, sino que no podía evitar que me gustara mucho. Comenzó a tantear mi ano, me estimuló con los dedos, hasta penetrarme con uno y luego con dos dedos, hasta que con fuerza de macho me dió vuelta, me dejó inmóvil, y ésta vez su lengua me recorrió la espalda, hasta llegar a mi culo. Nunca me habían dado un beso negro, y lo disfrute, y me pregunté, en un segundo, tan sólo un instante, si habría vuelta atrás. Pero no pude frenar, y claramente, la respuesta era que no.

Los días pasaron y me aferré a mi novia más que nunca, como queriendo convencerme de que no era gay, de que sólo había sido una aventura. Pero la pulsión fue más fuerte. En mi curiosidad descubrí páginas de scorts y de pronto, mi vida se convirtió en una vida de viajes empresariales y, aunque yo lo suponía y, tal vez no me importó o no pude manejar porque las ganas siempre me ganaron, los rumores no se hicieron esperar y llegaron a oídos de mi mujer. Finalmente, a la vuelta de Londres, ella me confesó de sus historias con otros, de mis ausencias, hablaban, y le pedí que no se justifique, que estaba bien, y lo entendía.

Ella pasó de victimizarse a asombrase el modo en que me tomaba las cosas y me preguntó por ¨la otra¨ y le dije que con ¨o¨… Primero no lo entendió o no quiso hacerlo. Pero se lo confirme… ¨otro¨. Ese fue el momento en que me rompió el parabrisas, pero no había más que hacer, no había más espacio para ella en la competencia, y lo supo y supimos encaminar nuestra relación hacia una amistad, ser muy confidentes. Poco tiempo después, la despidieron y comenzó a trabajar en mi empresa, pero al juntarme con mi nueva mujer, debí dejarla, porque así me lo exigía mi nueva pareja.

El lugar que ocupo, es un lugar que podría decirse, es para hombres, o esa idea construí siempre en mi cabeza. El tiempo que había estado separado, no obstante me cansé de estar con hombres y descubrí en ésta nueva relación algo especial. Me atrajo su inteligencia, y por eso el chiste más frecuente de mi ex era… ¨por esto me cambiaste¨. Lo cierto es que si bien soy un hombre que hace gimnasia, he sido beneficiado por la genética y, se podría decir que doy con cierto estándar de belleza. Aunque mis gustos son contrarios a lo que yo soy, o será que no reparo en lo físico… una buena cabeza siempre me sedujo, aunque ahora debiera cambiarlo por ¨un buen trozo de carne¨.

El embarazo llegó rápido y de sorpresa. Así, fue dejando de lado las andanzas, o más bien, el ser padre no me permitía viajar tanto y me enternecí con la idea de una familia, y al llegar mi primer hijo, mi libido quedo exclusivamente puesta en mi familia. De vez en cuando se me estaba algún impulso con algún ex amigo, porque ellos siempre estaban dando vuelta. Con el pasar de los años me aplaqué y volví a la vida de hombre con su mujer, pero al crecer los chicos, nuevamente se despertaron en mí unas ganas insaciables de volver a aquel mundo.

Lo relaciono con que los chicos son grandes y la idea de romántica de familia ya no le gana a la calentura de volver al mundo, del cual no me arrepiento de haber suspendido, pero que deseo tanto, que sólo el amor por mis hijos y la imagen y ejemplo que represento para ellos, o tan sólo el dolor que pudiera causarles. Y aunque los tiempos son otros, y no logró resolverlo en mi cabeza, sucedió ésta semana de cuarentena, que uno de mis hijos simplemente nos dijo que tenía novio. Y, entonces, simplemente le sonreí… y de manera natural le pregunte: ¿Cómo se llama?

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